¿Quién gobierna, los políticos o los poderes financieros?

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Partamos con algo de historia, años atrás las empresas tenían dueños claros, y uno sabía para quien trabajaba, pero con el paso del tiempo y el surgimiento de empresas cada vez más grandes, aparecen las primeras sociedades anónimas. Ellas llevarían a la disociación de la propiedad de la empresa, que ahora pasa a quedar en manos de un nuevo personaje llamado “Accionista”. Los accionistas suelen ser grandes fortunas que juntando sus riquezas permiten acometer proyectos empresariales más complejos y que rinden más beneficios. Lo cual es si mismo está bien.

Al ir evolucionando los mercados financieros, surge el mercado de acciones, comúnmente llamado “la bolsa”, un espacio donde se compran y venden los derechos de propiedad de las empresas.

Hoy y producto de la evolución capitalista, los propietarios son realmente los accionistas, pero ellos no están preocupados directamente por el estado de la actividad productiva, su objetivo es simplemente rentabilizar su capital y entre más rápido mejor.

Los grandes avances tecnológicos permiten una extraordinaria liquidez de los mercados y estos accionistas pueden pasar su participación de una empresa a otra en cuestión de segundos. Es decir, si ven que una empresa de la cual tienen acciones, le va mal o tiene síntomas de un comportamiento negativo para sus intereses, simplemente venden su participación y compran acciones en una que ellos vean mejor. Es decir, el accionista de hoy ve la empresa como un bien, como un artículo del cual beneficiarse en el corto plazo, perdiendo la perspectiva que las acciones que posee están relacionadas a una empresa, donde trabajan personas que se verán afectadas por sus decisiones.

Las empresas son administradas por consejos de administración y por directivos. Quienes toman las decisiones que afectan la actividad productiva, eso si estos consejos de administración y para mantener su cargos buscan tener conformes a sus accionistas, o sea buscan minimizar los costos y maximizar las ganancias y cual recibe la peor parte, pues el capital humano, ya que para cumplir los objetivos de más ganancias, se crean mecanismos para pagar bajos sueldos, pero al mismo tiempo se aumentan las horas laborales.

Para continuar, aclaremos que globalmente no existe sólo la distribución de riqueza y renta, también está la repartición del poder. Actualmente las grandes transnacionales determinan la configuración económica de cualquier país y región, influyendo directa e indirecta en la creación de empleo y calidad de vida. Por lo tanto, poseen la capacidad con su toma de decisiones de influir en los Estados, y es una manifestación de su poder. Pero dada la inmensa y compleja red de relaciones que se ha tejido entre las propias empresas, resulta muy difícil identificar quién o quienes se encuentran detrás de sus decisiones.

Sus redes de estructura piramidal es lo que les permite  a las instituciones financieras establecer contratos financieros, expandir préstamos, con otras instituciones, diversificar los riesgos y planificar para sacar provecho de las crisis, atacar monedas, quebrar Estados y economía apoyados por la total desregulación financiera, la existencia de las guaridas o “paraísos” fiscales, y principalmente por el secreto y confidencialidad de estos contratos y créditos.

Podemos afirmar y sin temor a equivocarnos que las entidades financieras son quienes controlan la economía mundial. Pero por favor no caigamos en teorías conspiracionistas, aquí no están los Illuninati, ni los reptilianos, ni la masonería, ni el sionismo. Estas redes nacen de la propia dinámica del sistema que las lleva a defender sus intereses. Intereses que son antagónicos con los del ciudadano de la calle, de modo que su propia dinámica lleva al incremento de la explotación sobre los trabajadores, quienes carecen de mecanismos reales para manifestar su opinión, por no tener poder político.

La situación antes descrita ha dado como resultado que el sistema político actual no sirve de mucho, porque no es el espacio donde reside el poder. El poder, realmente se encuentra en las grandes empresas y particularmente en la banca comercial privada y los multimillonarios fondos de inversión que éstas gestionan. Este poder económico es el que manipula a los gobiernos para impulsar leyes que van en su beneficio.

La democracia en realidad ha quedado relegada a un segundo lugar. Saramago decía que vivíamos en una burbuja democrática donde el poder residía realmente en las grandes instituciones financieras internacionales. El mundo moderno le ha dado la razón. Nuestra democracia política, se muestra claramente como un elemento de marketing que disfraza y justifica la dictadura del capital y del dinero.

Un ejemplo claro de esta realidad, la tenemos con el reciente acuerdo sobre la Reforma Tributaria, que fue realizado en secreto por un selecto grupo de empresarios y políticos en reuniones privadas y lejos del parlamento, donde se supone deben discutirse en un régimen realmente democrático, temas que son tan importantes y que afectaran al país en su conjunto.

¿Cómo llegamos hasta aquí, cómo las entidades que concentran el poder económico, han debilitado al Estado?. Respondiendo estas preguntas podemos decir que el Estado ha perdido su poder gracias a las privatizaciones y desregulaciones. Mecanismos impulsados por gobernantes creyentes del modelo económico y que han sido financiados por las empresas que están detrás de sus partidos políticos.

Uno de los mecanismos, fue que sistemáticamente hemos reducido la carga impositiva, es decir, disminuido los ingresos del Estado y favorecido a las clases más adineradas. Si tuviéramos más ingresos no recurriríamos tanto al endeudamiento que, por cierto, nos ofrecen las mismas entidades y grandes fortunas que han dejado de pagar esos impuestos.

Además, los Estados nacionales han delegado parte de su soberanía a entidades supranacionales que, como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, están configuradas de una forma antidemocrática, donde la capacidad de decisión del ciudadano común no existe, además, actúa aquí el poder del lobbys de las multinacionales. Con este estado de cosas al final la voz del ciudadano de la calle queda ahogada en el mar de intereses empresariales.

Otra forma de pérdida de poder del Estado es por haberse deshecho de los instrumentos económicos que le permiten a una sociedad decidir cómo quiere organizarse colectivamente. En primer lugar los Estados han regalado la gestión de la política monetaria a un grupo de tecnócratas con unas ideología muy determinadas, la neoliberal. Junto con ello los Estados pro neoliberalismo han vendido a precios regalados sus empresas públicas, justificándose en principios teóricos que luego no han sido demostrados.

Un Estado sin Banca Pública y sin Empresas Públicas está a merced de los poderes económicos, ya que carece del margen de maniobra suficiente para tomar las decisiones correctas y necesarias. Las grandes empresas, ya libres de los obstáculos que suponen las regulaciones públicas y sobre todo de las empresas competidoras públicas. Las que podrían ser referentes en materia salarial, ambiental y de inversiones productivas. Algo que pretende buscar la futura AFP estatal.

En su momento las ventas se justificaron haciendo alusión a la eficiencia y la mejora del funcionamiento general. Pero hoy sabemos que el funcionamiento no está ligado a la naturaleza de la propiedad sino al tipo de gestión. Es decir, si en vez de vender a empresas privadas se hubieran acometido reestructuraciones en el tipo de gestión, la organización productiva hubiera sido la misma que la de ahora, pero el Estado mantendría una fuente de ingresos.

Preguntémonos, si el Estado dispusiese de una Banca y de rentables empresas públicas, ¿los bancos y los mercados tendrían su actual poder?. Es obvio que un Estado fuerte tendría armas para defenderse de los ataques del mercado.

Haciendo un poco de historia, durante la dictadura de Pinochet se impuso un neoliberalismo que solo un gobierno no-democrático podía imponer, donde se aplicaron algunas de sus características principales.

  • La desregulación del comercio y las finanzas, tanto nacional como internacional.
  • La privatización de muchos servicios antes administrados y propiedad del Estado.
  • La cesión por parte del Estado de su compromiso de regular activamente las condiciones macroeconómicas, especialmente en lo referente al empleo.
  • Reducción de los impuestos aplicados a las empresas y familias.
  • Ataques desde el gobierno y las empresas a los sindicatos, desplazando el poder a favor del capital y debilitando la capacidad de negociación de los trabajadores.
  • Impulso de los trabajos temporales sobre los trabajos fijos, estimulando las empresas de Outsourcing y la externalización de algunas funciones y servicios.

El modelo dio por resultado una creciente desigualdad gracias a los descensos salariales. Esto fue por una serie de situaciones, por ejemplo; la desregulación internacional de los flujos de capital acentuó la competencia entre países y presionó los salarios a la baja. La transferencia de trabajos desde el sector público hacia el sector privado también presionó los salarios a la baja. La reducción de los impuestos disminuyo la capacidad redistributiva del Estado. Los cambios en el mercado laboral, con los sindicatos debilitados por el Estado y las grandes empresas y con la proliferación de contratos basura agudizó el deterioro de la capacidad de negociación de los trabajadores, algo que finalmente se tradujo en menores salarios. Finalmente, la mercantilización del interior de las grandes empresas presionó al alza los salarios de los grandes ejecutivos, mientras los salarios de la gran masa trabajadora, pertenecientes a las partes baja de la pirámide, se mantuvieron estancados o en retroceso, justificando esto con el término “sueldos de mercado”.

Los estudios hablan que bajo este modelo, la productividad de las empresas creció, pero los salarios no lo hicieron en igual medida, es decir el excedente producto de esta mejor productividad pasó del trabajo hacia el capital, por lo tanto a los bolsillos de los accionistas.

Como resultado de lo anterior, el crecimiento de los beneficios sobre los salarios, la concentración del ingreso en familias ricas, la reunión de flujos de capital ociosos (en fondos de inversión, fondos de pensiones, etc.) ha llevado a promover burbujas en todas partes. Hay que recordar que este capital financiero responde con mayor radicalidad a la lógica de la rentabilidad, es decir, dinero para obtener dinero, sin preocuparse por la economía subyacente y de la cual en última instancia depende. La desregulación financiera abrió el campo para que todo este dinero, gestionado por empresas que responden ante sus accionistas, se concentrara en diversos mercados, creando burbujas, en busca de rentabilidad.

Estas burbujas han posibilitado un endeudamiento creciente que ha permitido al capitalismo neoliberal funcionar más allá de los propios límites que impone la economía, pues ha permitido que el consumo pueda mantenerse a pesar de que los salarios se han estancado o han incluso retrocedido. Eso significa que la crisis financiera está profundamente enraizada en la desigualdad natural que produce el capitalismo neoliberal.

¿Cuál sería la solución a esta desigualdad?, pienso que la educación y la adquisición de información, para que la gran masa de la sociedad adquiera conciencia de esta realidad y podamos actuar como una sociedad colectiva y global.

Ahora, esta gran red de poderes económicos en sí misma no es la mala de la película, solo su uso que hoy es dominado por las ansias de poder y una codicia desbocada de unos pocos. Que además de sus dañinos efectos sobre la sociedad, tiene otros tan peligrosos como la sobreexplotación de los recursos naturales y la destrucción del medio ambiente, con la grave contaminación del aire que respiramos y de los océanos.

La red económica como esta estructurada hoy, puede ser una excelente herramienta para formar una sociedad global, para mejorar la distribución de la riqueza y que cada uno de nosotros reciba de acuerdo a lo que genera su trabajo.

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